No estamos hablando de un ajuste puntual. Estamos hablando de más de una década de corrección estructural. Portugal ha pasado de ser una economía marcada por déficits exteriores persistentes a un país capaz de generar superávits por cuenta corriente, impulsados en gran medida por el crecimiento de las exportaciones de servicios, turismo, tecnología y servicios a las empresas.
Este superávit ha reducido significativamente la dependencia de la financiación exterior y ha mejorado la posición deudora neta del país. El desapalancamiento no sólo se ha producido en el sector privado, como ocurrió tras la crisis financiera. En los últimos años, también ha habido un claro esfuerzo por reducir la exposición pública al exterior. Esto reforzó la confianza del mercado y consolidó la percepción de un menor riesgo.
Pero hay un punto esencial que no podemos ignorar. La fase de recuperación ha pasado. Hemos entrado en la fase de consolidación. Y consolidar es siempre más exigente que corregir.
En un contexto internacional marcado por las tensiones geopolíticas, la incertidumbre comercial y posibles desaceleraciones económicas, el ritmo de la mejora exterior tenderá naturalmente a moderarse. No se prevé un retroceso estructural, pero tampoco hay que suponer que la tendencia de mejora se mantendrá al mismo ritmo sin esfuerzos adicionales.
En mi opinión, Portugal se encuentra en un momento decisivo. Ya ha demostrado que puede ajustarse, reorganizarse y ganar credibilidad. Ahora tiene que demostrar que puede mantener esa posición en un entorno menos favorable.
La estructura actual de la economía portuguesa, con un fuerte peso de los servicios y una menor exposición directa a los aranceles industriales, ofrece cierta protección frente a los choques comerciales. Sin embargo, dependemos en gran medida de la confianza internacional, los flujos turísticos, la inversión extranjera y la estabilidad financiera europea. Si la economía europea se ralentiza o surgen nuevas turbulencias, el impacto se dejará sentir.
El verdadero problema es la productividad y el valor añadido. El país necesita seguir reforzando su base exportadora en los sectores tecnológico, industrial avanzado y de energías renovables. Necesita atraer capital que aporte conocimiento y no sólo volumen. Necesita mantener la disciplina fiscal sin comprometer la inversión estratégica.
Portugal ya no se considera un riesgo estructural. Este es un logro relevante. Pero la credibilidad no es un activo permanente. Es un activo que requiere un mantenimiento constante.
La próxima década no consistirá en recuperar la reputación. Se tratará de preservarla y ampliarla. Y eso depende de las decisiones que tomemos ahora, cuando aún tenemos margen de maniobra y confianza acumulada.









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