La inversión anunciada de 468 millones de euros en el Parque Logístico Euro-Atlántico de Grândola, promovido por Qantara Capital, pertenece, en mi opinión, a ambas categorías. Nos encontramos ante un proyecto de gran envergadura, con 1,3 millones de metros cuadrados de terreno, 635 000 metros cuadrados de superficie construida y una terminal de transporte ferroviario de mercancías, situado a unos 50 kilómetros del puerto de Sines, con conexión a la IC1 y a la línea ferroviaria del sur, y cerca de la A2. La ubicación, la envergadura y la multimodalidad son, por sí mismas, argumentos suficientes para reconocer la importancia estratégica de esta inversión. Pero yo veo aquí una oportunidad aún mayor.

Llevo mucho tiempo defendiendo una idea que denomino «activos logísticos como centrales eléctricas». Los grandes parques logísticos del futuro no deben considerarse únicamente como enormes consumidores de energía o como simples conjuntos de almacenes. Con cientos de miles de metros cuadrados de tejados y amplias zonas de aparcamiento, pueden convertirse en auténticas plataformas para la producción de energía renovable, el almacenamiento de energía y la recarga de vehículos eléctricos. El propio proyecto de Grândola prevé maximizar el uso de las energías renovables mediante la instalación de paneles solares en los tejados de los edificios y en los aparcamientos, junto con una gestión basada en datos del consumo, la producción, el almacenamiento y la recarga. Es precisamente aquí, en mi opinión, donde debemos ser aún más ambiciosos.

¿Por qué no considerar estos importantes activos logísticos como parte integrante de la infraestructura energética regional? La energía producida durante el día puede alimentar las operaciones del propio parque, almacenarse en grandes sistemas de baterías, alimentar flotas de camiones eléctricos y, cuando sea técnicamente posible y económicamente viable, abastecer a otras actividades industriales, centros de datos o comunidades cercanas. La proximidad de Sines hace que esta reflexión sea aún más relevante, en una región que podría concentrar algunas de las mayores inversiones industriales, energéticas y digitales de la historia reciente de Portugal. Los centros de datos, la industria, la logística y el transporte requerirán enormes cantidades de energía. No podemos seguir pensando en cada proyecto de forma aislada.

Aquí es donde la planificación y la previsión marcan la diferencia. Un parque logístico de este tamaño no debería ser solo un destino para las mercancías. Puede convertirse en un nodo de un nuevo sistema económico en el que el ferrocarril, el puerto, la energía, el almacenamiento, los datos y la movilidad eléctrica funcionen de manera integrada. Naturalmente, todo esto requiere capacidad de red, un marco normativo, inversión y coordinación entre entidades públicas y privadas. Pero precisamente por eso hay que plantearse estas cuestiones antes de la construcción y no veinte años después.

El proyecto también prevé 410 000 metros cuadrados de zonas verdes, la reutilización de aguas tratadas, la certificación sostenible de los edificios y equipamientos de apoyo a la comunidad. Se trata de elementos positivos que demuestran que las grandes inversiones ya no pueden concebirse al margen del territorio en el que se ubican. En mi opinión, el Parque Logístico Euroatlántico de Grandola representa mucho más que 468 millones de euros de inversión. Puede ser un ejemplo de cómo Portugal debería empezar a plantearse las grandes infraestructuras del futuro.

No solo como activos inmobiliarios o plataformas logísticas, sino como ecosistemas capaces de producir energía, almacenarla, impulsar la movilidad y apoyar el desarrollo económico de las regiones en las que se ubican. Contamos con el espacio, la luz solar, la ubicación estratégica y una necesidad creciente de energía limpia. Con demasiada frecuencia, tenemos que hacer lo que parece más difícil en Portugal: planificar hoy lo que necesitaremos mañana.