Esta fue una de las reflexiones que extraje del Congreso Nacional de la AHRESP, celebrado recientemente en el Algarve. En un sector acostumbrado a celebrar récords, está cobrando fuerza una preocupación que considero fundamental: el verdadero éxito no reside únicamente en recibir más turistas, sino en lograr que cada visitante contribuya a generar más valor económico, mejores puestos de trabajo, empresas más competitivas y comunidades más prósperas.
Durante muchos años, el crecimiento de la actividad turística ha ido acompañado de un aumento de la oferta de alojamiento, restaurantes y servicios. Este desarrollo ha permitido modernizar las infraestructuras, atraer inversiones y crear oportunidades en regiones que difícilmente encontrarían alternativas económicas de similar envergadura. Sin embargo, el crecimiento cuantitativo no puede seguir siendo un objetivo aislado.
El Algarve es un buen ejemplo de esta transformación. La región sigue siendo reconocida internacionalmente por sus playas, pero ha buscado consolidarse a través de otros atributos, como la gastronomía, los vinos, el patrimonio cultural, el turismo de naturaleza y las experiencias en el interior. Esta diversificación no solo sirve para conquistar nuevos mercados, sino que también es esencial para reducir la estacionalidad y crear las condiciones para una actividad económica más estable a lo largo de todo el año.
La cuestión central es la productividad. Una empresa turística que consiga aumentar el valor de sus servicios, mejorar la gestión y ofrecer experiencias diferenciadoras estará en mejores condiciones de remunerar a sus trabajadores, invertir en formación y modernizar sus instalaciones. Por el contrario, un modelo que dependa exclusivamente del volumen de clientes tiende a ser más vulnerable a la competencia de precios, al aumento de los costes y a las fluctuaciones de la demanda internacional.
También debemos analizar la relación entre el turismo y los territorios. El crecimiento de la actividad debe traducirse en beneficios concretos para la población residente. Esto requiere inversión en movilidad, vivienda, servicios públicos e infraestructuras capaces de responder a las necesidades de quienes viven y trabajan en las regiones turísticas.
El turismo portugués ya ha demostrado que sabe crecer. Ahora debe demostrar que puede transformar ese crecimiento en una prosperidad más integral.
No debemos confundir la competitividad con los precios bajos, ni el éxito con unas cifras cada vez mayores. El futuro pertenece a los destinos que logren combinar calidad, autenticidad, sostenibilidad y capacidad de innovación.
Portugal cuenta con los recursos naturales, la cultura, la gastronomía y, sobre todo, las personas necesarias para seguir afirmándose a nivel internacional. El próximo reto no es simplemente atraer a más turistas, sino garantizar que el turismo genere más valor para todos.








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