La vivienda es quizás el mejor ejemplo. Hoy sabemos que Portugal ha acumulado un déficit de más de 300 mil viviendas desde 2014, como consecuencia de factores conocidos desde hace tiempo, tales como una construcción insuficiente, la falta de mano de obra, el aumento de los costes, la escasez de terrenos listos para construir y la lentitud de los procesos de planificación y concesión de licencias. No nos despertamos un día con una crisis de la vivienda; la fuimos gestando poco a poco.

Precisamente por eso merece la pena examinar el último informe de la OCDE sobre turismo. No porque Portugal esté atravesando actualmente una crisis turística —al contrario, el sector sigue siendo uno de los grandes éxitos de la economía portuguesa—, sino porque el documento ayuda a comprender los problemas que pueden surgir si seguimos midiendo el éxito esencialmente a través del crecimiento. De hecho, hay una señal especialmente relevante: la Estrategia de Turismo 2027, aprobada en 2017, alcanzó sus objetivos económicos a finales de 2024, lo que llevó a Portugal a iniciar, en 2025, la elaboración de una nueva visión para la década siguiente, hasta 2035. La cuestión ya no es solo cómo crecer. Ahora se trata de cómo crecer mejor.

La OCDE apunta precisamente en esta dirección. La nueva visión para Portugal sitúa entre las prioridades una mayor creación de valor económico, la productividad, la cohesión territorial, la calidad de vida de las comunidades, la resiliencia climática, la cualificación de los trabajadores, la modernización de las empresas y el uso de la tecnología y los datos. Esta es quizás la advertencia más importante: un país puede recibir más turistas cada año y, aun así, no obtener todo el valor económico posible de este crecimiento. Puede aumentar el número de pernoctaciones sin incrementar suficientemente la productividad, crear empleo sin mejorar los salarios, concentrar la inversión en los mismos territorios mientras otros siguen perdiendo población, y aumentar la presión sobre la vivienda, el transporte, el agua y las infraestructuras sin reforzar la capacidad de estas mismas infraestructuras. El éxito también hay que planificarlo.

El sector de la vivienda debería habernos enseñado eso. Cuando la oferta no sigue el ritmo de la creciente demanda durante años, el ajuste acaba produciéndose a través de los precios. En el turismo, el riesgo puede adoptar otras formas: saturación de determinados destinos, falta de mano de obra, presión sobre los residentes, aumento de los costes operativos o pérdida de competitividad. La propia OCDE también advierte de los riesgos climáticos capaces de alterar la geografía y la estacionalidad de la demanda turística y de incrementar los costes y riesgos para las empresas y los destinos.

Nada de esto significa poner fin al turismo. Significa precisamente lo contrario: proteger uno de los sectores más importantes de la economía portuguesa mediante decisiones tomadas mientras aún estamos a tiempo de tomarlas. Portugal está elaborando actualmente la estrategia turística hasta 2035 y cuenta con datos, estudios y experiencia suficientes para anticiparse a muchos de los retos. Dentro de diez años, no deberíamos poder decir que no lo sabíamos. El verdadero valor de un estudio como este no estará en explicar, en el futuro, dónde nos equivocamos, sino en ayudarnos a evitar hoy los errores que mañana serán mucho más caros de corregir.