Crecer por encima o por debajo de las previsiones, superar o no la media europea y cumplir los objetivos fijados por el Gobierno son indicadores importantes, sobre todo en un contexto internacional marcado por la desaceleración económica, la inestabilidad geopolítica y la incertidumbre de los mercados. En este sentido, el hecho de que Portugal siga demostrando resiliencia es una buena noticia y confirma que la economía nacional se ha vuelto más resistente que hace unos años.

Sin embargo, la verdadera cuestión surge precisamente después de conocer la cifra. Más importante que saber cuánto crece la economía es comprender cómo está creciendo. Dos países pueden tener exactamente la misma tasa de crecimiento y, aun así, estar construyendo futuros completamente diferentes. Uno crece porque invierte en innovación, aumenta la productividad, exporta más tecnología y crea puestos de trabajo altamente cualificados. El otro crece porque se beneficia de factores cíclicos, aumenta el consumo o recibe más visitantes. El resultado estadístico puede ser similar, pero la calidad de este crecimiento es muy diferente.

Es precisamente en esto donde Portugal debería centrar su atención. En los últimos años, hemos asistido a la llegada de inversiones en ámbitos como los centros de datos, la inteligencia artificial, la industria tecnológica, el mantenimiento aeronáutico, las energías renovables y la economía espacial. A primera vista, parecen proyectos independientes. De hecho, todos apuntan en la misma dirección: aumentar la capacidad productiva del país, incorporar más conocimiento a la economía y crear un mayor valor añadido.

Esta transformación es mucho más importante que cualquier crecimiento trimestral del PIB. El verdadero desarrollo económico no se deriva únicamente de producir más. Se deriva de producir mejor. Se deriva de la capacidad de las empresas para innovar, incorporar tecnología, aumentar la productividad y competir en sectores donde el conocimiento marca la diferencia. Esto es lo que nos permite pagar mejores salarios, atraer talento y crear riqueza de forma sostenible.

Por supuesto, siguen existiendo retos que no desaparecen por el mero hecho de que la economía crezca. La burocracia, la lentitud de muchos procesos administrativos, la escasez de mano de obra cualificada en algunos sectores y la necesidad de acelerar la innovación siguen limitando el potencial del país. Resolver estos problemas tendrá un impacto mucho mayor en el crecimiento a largo plazo que celebrar una décima o dos del PIB.

Por lo tanto, debemos mirar las cifras económicas con satisfacción, pero también con ambición. Crecer es importante. Crecer mejor es esencial. El verdadero objetivo nunca ha sido mejorar un indicador estadístico, sino construir una economía más competitiva, más productiva y mejor preparada para hacer frente a un mundo cada vez más exigente.

Si Portugal logra consolidar este camino, el crecimiento del PIB dejará de ser solo una buena noticia cada trimestre. Se convertirá en la consecuencia natural de una economía que crea más valor, invierte más en conocimiento y ofrece mejores oportunidades a las próximas generaciones. Este es, en mi opinión, el verdadero reto al que debe enfrentarse el país.