Portugal ha recorrido un largo camino en este ámbito y hoy en día cuenta con unas condiciones naturales que pocos países europeos pueden igualar. Pero cuanto mayor es la presencia de las energías renovables en el sistema eléctrico, más evidente se hace una realidad: no basta con producir energía. Es necesario poder almacenarla y utilizarla cuando realmente la necesitamos.
Por ello, la decisión del Gobierno de someter a consulta pública una Estrategia Nacional de Almacenamiento de Energía reviste especial importancia. La propuesta apunta a que Portugal pueda alcanzar los 6,9 GW de capacidad de almacenamiento instalada en 2030, lo que supone prácticamente duplicar la capacidad actual. La estrategia incluye diferentes tecnologías, desde baterías hasta el bombeo de agua, reconociendo por fin el almacenamiento como una infraestructura esencial para la seguridad, la flexibilidad y la eficiencia de nuestro sistema energético.
Gracias a mi actividad profesional internacional en el sector de las energías renovables, tengo la oportunidad de seguir la evolución de los distintos mercados, y cada vez es más evidente que el almacenamiento ya no es un complemento de las energías renovables, sino que se está convirtiendo en una de las piezas centrales del sistema energético. El sol no produce cuando queremos que lo haga; produce cuando hay sol. Lo mismo ocurre con el viento. Sin la capacidad de almacenar parte de esa electricidad, podemos tener momentos de enorme producción renovable y, unas horas más tarde, necesitar otras fuentes para satisfacer el consumo. El almacenamiento nos permite aprovechar mejor lo que ya producimos y, al mismo tiempo, hacer que la red sea más estable y resiliente.
Portugal parte, además, de una posición interesante. Contamos con más de 3,6 GW de capacidad instalada en centrales hidroeléctricas de bombeo y una capacidad de producción solar y eólica en crecimiento. En los tres primeros meses de este año, el 80,7 % de la electricidad producida en Portugal procedió de fuentes renovables. El siguiente paso tendrá que ser, necesariamente, aumentar la flexibilidad del sistema, combinar diferentes formas de almacenamiento y crear condiciones económicas y normativas que permitan la participación de la inversión privada en esta transformación.
Aquí también hay una oportunidad económica que no debemos pasar por alto. El almacenamiento movilizará enormes volúmenes de inversión en toda Europa en los próximos años. Portugal puede limitarse a comprar tecnología y equipos desarrollados en otros países, o bien puede aprovechar esta transformación para atraer inversiones, desarrollar conocimientos, crear competencias e involucrar a nuestras empresas y universidades en una nueva industria energética.
La consulta pública es, por tanto, una buena noticia. Pero una estrategia solo tendrá un valor real cuando se traduzca en proyectos concretos, con normas claras, un sistema de concesión de licencias eficiente y previsibilidad para quienes invierten. Tras una década marcada por el extraordinario crecimiento de las energías renovables, entramos ahora en una nueva fase. La producción de energía limpia sigue siendo fundamental. Saber cómo almacenarla para cuando la necesitemos será igualmente importante.








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