Sin embargo, la actualización del informe «Perspectivas de la economía mundial» del FMI nos ofrece una visión mucho más interesante. La economía mundial se ve hoy condicionada por dos fuerzas aparentemente contradictorias: por un lado, la inestabilidad geopolítica, los conflictos y la presión sobre la energía; por otro, un enorme ciclo de inversión en tecnología e inteligencia artificial. Para Portugal, quizá sea esta transformación la que más importe, ya que, aunque seguimos estando especialmente expuestos a grandes perturbaciones internacionales, hemos llegado a este periodo con algunas ventajas que han adquirido una importancia estratégica diferente: la integración europea, la estabilidad, la posición atlántica, la creciente producción de energía renovable, la conectividad digital y una base de conocimientos capaz de participar en sectores cada vez más sofisticados.

Es en este contexto donde algunas de las inversiones que hemos observado recientemente en Portugal deberían empezar a analizarse en su conjunto. Los centros de datos, la nube, la tecnología espacial, la industria avanzada, el mantenimiento de aeronaves, el almacenamiento de energía o la inteligencia artificial parecen pertenecer a mundos diferentes, pero forman parte de la misma transformación. Las empresas y los inversores se están replanteando dónde producen, dónde ubican las infraestructuras críticas y dónde pueden combinar energía, talento, seguridad y acceso a los mercados. Portugal puede beneficiarse de esta reorganización, pero hay una enorme diferencia entre acoger la nueva economía y formar parte de ella de verdad. Un centro de datos representa una inversión, pero las empresas portuguesas que le proporcionan tecnología y servicios representan conocimiento y productividad. Una multinacional que establece una unidad industrial crea puestos de trabajo, pero una red de proveedores nacionales que crece, innova y comienza a exportar a partir de esa presencia genera mucho más valor para la economía portuguesa.

Probablemente aquí radique uno de los grandes retos de la próxima década. El FMI reconoce los avances logrados por Portugal en los últimos años, desde la mayor solidez de las cuentas públicas hasta la resiliencia del empleo y la economía, pero sigue señalando la baja productividad como una de las principales limitaciones para la convergencia del nivel de vida portugués con el de otros socios europeos. Por lo tanto, atraer inversión ya no puede ser el objetivo final. Tenemos que conseguir que esta inversión deje en el país conocimientos, competencias, empresas, tecnología y propiedad intelectual. Es esta capacidad de multiplicar el impacto del capital que entra en Portugal lo que determinará si simplemente estamos acogiendo una nueva ola de inversión internacional o si estamos transformando efectivamente la estructura de nuestra economía.

La inestabilidad mundial no es, naturalmente, una buena noticia, pero los grandes períodos de transformación económica siempre han redistribuido las oportunidades. Las cadenas de producción cambian, el capital busca nuevas zonas geográficas y sectores enteros se reorganizan. Portugal cuenta hoy con condiciones de las que quizá no disponía hace veinte años para beneficiarse de este cambio, pero el éxito no puede medirse únicamente por el número de inversiones anunciadas, por los millones de euros que suponen o por unas pocas décimas adicionales en el crecimiento del PIB. Habrá que medirlo por el conocimiento que se genera, por las empresas portuguesas que crecen en torno a estas inversiones, por los puestos de trabajo más cualificados que logremos crear y, sobre todo, por el aumento de la productividad de nuestra economía.

Porque la verdadera oportunidad no reside únicamente en atraer inversiones a Portugal, sino en lograr que Portugal crezca con ellas.