Esta fue otra de las reflexiones que me llevé de los debates de Atlantic Convergence 2026. Hablamos de cables submarinos, inteligencia artificial, energía, centros de datos, ciberseguridad y soberanía digital. Cuanto más se entrecruzan estos temas, más evidente resulta que la cuestión ya no se limita a dónde circulan los datos. También se trata de dónde se almacenan, dónde se procesan y quién controla la infraestructura necesaria para aportarles valor añadido.

Portugal puede convertirse en un importante punto de entrada de datos entre Europa, América y África. Es una oportunidad extraordinaria, pero no debemos conformarnos con ser una excelente autopista digital. Si los datos llegan a nuestro territorio, atraviesan nuestras redes y todo el procesamiento relevante se lleva a cabo en otro país, solo captamos una parte de los beneficios que esta conectividad puede generar.

Lo mismo ocurre con la inteligencia artificial. Los datos alimentan los modelos, permiten desarrollar servicios, conocer los mercados, optimizar las empresas y automatizar las decisiones. Cuanto mayor sea la capacidad para almacenar, procesar y utilizar la información, mayor será la capacidad para crear nuevos productos y empresas.

Esto no significa defender un Portugal aislado digitalmente. Sería precisamente lo contrario de lo que necesitamos. La economía digital depende de redes internacionales, mercados abiertos, inversión y la circulación de información. La soberanía digital no debería significar, es decir, cerrar fronteras digitales, sino garantizar la libertad de elección, la seguridad, la redundancia y una menor dependencia de un número demasiado reducido de infraestructuras o proveedores.

Aquí es donde el debate adquiere una dimensión económica. Un país que recibe cables submarinos, produce energía, instala centros de datos, desarrolla capacidad de almacenamiento y procesamiento de datos y crea empresas capaces de utilizar esta infraestructura ocupa una posición diferente a la de aquel que se limita a consumir servicios desarrollados y procesados en el extranjero.

Portugal cuenta con algunas de las piezas necesarias. Tenemos una ubicación atlántica, una conectividad internacional en crecimiento, capacidad en energías renovables, talento e integración en el mercado europeo. El reto consiste en ser capaces de transformar estas ventajas en una cadena de valor más completa.

Por eso también debemos empezar a considerar los centros de datos y la infraestructura digital del mismo modo que consideramos otras infraestructuras estratégicas. No porque todos los datos tengan que permanecer en Portugal, sino porque parte de nuestra competitividad futura dependerá de la capacidad de decidir dónde y cómo pueden procesarse.

Durante siglos, controlar las rutas comerciales supuso una enorme ventaja económica. Hoy en día, una parte cada vez mayor de esas rutas transporta información.

Quienes controlan todas estas rutas no controlan la economía. Pero quienes no controlan ninguna parte de la infraestructura por la que circulan, se almacenan y se transforman los datos corren el riesgo de depender excesivamente de quienes sí la controlan.

En la economía del siglo XXI, la soberanía, la competitividad y los datos estarán cada vez más estrechamente vinculados. Porque quien controla los datos no lo controla todo. Pero controla una parte cada vez más importante de la economía.

Establece The Portugal News como tu fuente preferida de noticias en Google

GoogleAñadir como fuente preferida en Google