Durante décadas, el modelo portugués se ha orientado claramente hacia la propiedad de la vivienda. Comprar una casa se ha convertido en sinónimo de estabilidad, seguridad y acumulación de patrimonio, mientras que el alquiler ha seguido siendo, a menudo, una solución temporal. El problema, naturalmente, no radica en la vivienda en sí, sino en la ausencia de una alternativa real para quienes prefieren o necesitan alquilar.
Las cifras muestran cómo esta alternativa sigue estando poco desarrollada desde un punto de vista institucional. Según el informe «WMarket Review Mid-year 2026» de WORX, la inversión en el sector del alquiler privado (PRS) y enviviendas multifamiliares en Portugal habrá ascendido solo a unos 440 millones de euros en los últimos cinco años, lo que corresponde aproximadamente al 4 % de la inversión inmobiliaria institucional realizada en ese periodo. El informe identifica un potencial significativo en este segmento, en un mercado en el que la demanda de vivienda sigue superando a la oferta.
Conozco bien los mercados europeos en los que el alquiler ocupa una posición mucho más estructural en el sistema de vivienda, concretamente el alemán, donde nací. Por supuesto, Portugal no debería copiar modelos que son fruto de realidades económicas, sociales e históricas diferentes. Pero de estas experiencias se puede extraer una conclusión importante: alquilar una vivienda durante una parte significativa de la vida no tiene por qué suponer inestabilidad ni ser solo una etapa mientras no se pueda comprar.
También existe una dimensión económica que rara vez asociamos con la vivienda. Un mercado de alquiler desarrollado facilita la movilidad de las personas. Una familia que haya comprado una vivienda en una ciudad determinada, haya contraído un préstamo a largo plazo y haya organizado toda su vida en torno a esa decisión se enfrenta a costes importantes si surge una oportunidad profesional en otra región. Vender, volver a comprar, cambiar a los hijos de colegio y asumir todos los costes asociados puede hacer que una oferta salarial más atractiva deje de merecer la pena.
En un mercado de alquiler más amplio y diverso, tanto a nivel profesional como geográfico, esta decisión puede resultar más sencilla. Las personas pueden trasladarse a donde haya mejores puestos de trabajo, las empresas pueden contratar en un área geográfica más amplia y las regiones con mayor dinamismo económico pueden acoger a trabajadores con mayor facilidad. La vivienda ya no es solo una cuestión social, sino que pasa a formar parte del debate sobre la movilidad laboral, la competitividad y la productividad.
Esto no significa sustituir la propiedad por el alquiler. Portugal necesita ambas soluciones. Significa crear un mercado en el que comprar una vivienda sea una opción y no, en la práctica, la única forma de alcanzar la estabilidad en materia de vivienda. Para ello, necesitamos una oferta profesional a largo plazo, escala, normas predecibles y un marco que ofrezca seguridad tanto a los inquilinos como a los inversores.
La inversión institucional puede desempeñar un papel importante en este sentido. Los fondos de inversión, las compañías de seguros, los fondos de pensiones y otros inversores a largo plazo pueden contribuir a crear una oferta específica para el alquiler, siempre que se den las condiciones económicas y normativas necesarias para ello.
Tras décadas animando a los portugueses a echar raíces mediante la propiedad, quizá sea hora de reconocer también el valor económico de la movilidad. Un mercado inmobiliario eficiente debería permitir a las personas echar raíces cuando lo deseen, pero también trasladarse a otra ciudad cuando surja una oportunidad mejor. La vivienda en la que vivimos no debería determinar el trabajo que podemos aceptar.









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