La ubicación de las fábricas y los proveedores venía determinada principalmente por la competitividad de los precios. Ese modelo no ha desaparecido, pero está experimentando un cambio profundo.

Las tensiones geopolíticas, los conflictos internacionales, las disputas comerciales y la creciente preocupación por la seguridad económica están llevando a las empresas y a los gobiernos a replantearse la forma en que organizan sus cadenas de suministro. La dependencia excesiva de determinados países, proveedores o rutas comerciales ha pasado a considerarse un riesgo estratégico.

La edición de octubre de la revista Portugalglobal, de la AICEP, dedica especial atención a esta transformación y a los retos que plantea para las empresas portuguesas. Y creo que nos enfrentamos a un cambio que merece ser debatido más allá de las habituales estadísticas de exportación.

Durante mucho tiempo, la cuestión principal era saber dónde producir a menor coste. Hoy en día, muchas empresas también buscan saber dónde pueden producir con mayor seguridad, previsibilidad y capacidad de respuesta. Este cambio puede generar oportunidades para Portugal.

La integración en el mercado europeo, la ubicación atlántica, la experiencia industrial y la existencia de empresas especializadas en diferentes sectores son ventajas relevantes en un contexto en el que los grandes grupos internacionales buscan diversificar sus proveedores y reducir ciertas dependencias. Pero sería un error pensar que estas oportunidades surgirán automáticamente.

Una empresa internacional que busca acercar parte de su producción al mercado europeo no solo evalúa la ubicación geográfica. Analiza la disponibilidad de mano de obra cualificada, los costes energéticos, la capacidad logística, los plazos de concesión de licencias y la existencia de proveedores capaces de cumplir los requisitos técnicos y comerciales. Es precisamente en este ámbito donde Portugal debe reforzar su competitividad.

Contamos con empresas que han demostrado su capacidad para trabajar con algunas de las industrias más exigentes del mundo. Pero debemos crear las condiciones para que más empresas puedan integrarse en cadenas internacionales con mayor valor añadido, desarrollar su propia tecnología y asumir responsabilidades más relevantes en la producción y el suministro de soluciones.

Las infraestructuras también revisten una importancia estratégica. Los puertos, las conexiones ferroviarias, las redes energéticas y la capacidad digital ya no son meros instrumentos de apoyo a la economía. Empiezan a influir directamente en la ubicación de las inversiones y en la seguridad de las cadenas de suministro.

Al mismo tiempo, la transformación del comercio internacional exige prudencia. La diversificación no significa el fin de la globalización, ni garantiza que toda la producción vuelva a Europa. Los costes siguen siendo elevados y la competencia internacional sigue siendo intensa.

El verdadero reto consiste en comprender en qué ámbitos Portugal puede ser competitivo y centrar los esfuerzos en esas oportunidades.

Durante décadas hemos tratado de aumentar nuestra presencia en los mercados internacionales. Ahora también necesitamos mejorar nuestra posición dentro de esos mercados. Porque, en un mundo en el que las reglas del comercio están cambiando, la competitividad ya no depende únicamente de producir bien y vender a un precio competitivo. También depende de la capacidad de ofrecer confianza, tecnología, seguridad y continuidad.

Portugal puede participar en esta nueva geografía económica. Pero tendrá que demostrar que es capaz de convertir sus ventajas en resultados concretos.

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