Investigadores de la Università Cattolica administraron a 90 adultos mayores sanos una de estas tres opciones: ninguna pastilla, una pastilla que, según se les dijo, era un suplemento activo, o una pastilla que, según se les explicó claramente, era totalmente inerte —al tiempo que les explicaban que el mero hecho de esperar sentirse mejor puede, en ocasiones, desencadenar cambios reales en el organismo. Tres semanas después, ese último grupo —el que sabía que sus pastillas eran falsas— había mejorado en torno a un 9 % su rendimiento físico, recordaba más cosas y se sentía menos estresado que las personas que no tomaron nada en absoluto.
Vuelve a leerlo: les dijeron que las pastillas no servían para nada y, aun así, algo ocurrió. No es magia, ni el poder de la mente sobre la enfermedad; los investigadores son cautelosos, y yo también. Fue un estudio pequeño y los efectos fueron modestos. Pero el diseño fue honesto y el mensaje resulta, curiosamente, liberador.
Quizá lo que realmente funcione no sea la pastilla en sí, sino el ritual que la rodea: ese pequeño acto diario, la sensación de hacer algo por uno mismo, la silenciosa esperanza de que las cosas puedan mejorar. Esa es una palanca que ya tienes a tu disposición, sin necesidad de engaños. No hace falta que te engañes a ti mismo para usarla.
Eso no convierte cada ritual de bienestar en medicina. Pero sí sugiere que la esperanza, la atención y la rutina pueden ser compañeros útiles de aquello que sabemos que nos ayuda.
Así que he dejado de poner los ojos en blanco ante mis propias pequeñas rutinas: el paseo matutino que «decido» que me hace bien, la taza de algo caliente que considero un reinicio. Resulta que creer que ayudan no es poca cosa. A veces, es incluso más de lo que uno se imagina.



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